Naturaleza humana

Si bien suele ser por pura resignación más que por humildad ante la competencia ajena, la mayoría acepta la perspectiva de los especialistas en campos faltos de polémica popular. En cambio, tenemos un punto ciego: el estudio del ser humano y su naturaleza.

Por definición, la naturaleza humana se refiere a aquellos rasgos psicológicos que todos y cada uno de los seres humanos sobre este planeta compartimos de forma innata. No obstante, aun habiendo vivido todos en un contexto social circunstancial e incluso basándonos solo en experiencias personales, por la gracia de ser humanos la mayoría se siente capaz de responder a un enigma tan omnímodo.

Al igual que tumbarse a mirar las estrellas no te convierte en astrónomo y no eres geólogo por el mero hecho de coleccionar piedras, experimentar la conducta humana no te convierte en un experto de nuestro carácter intrínseco. Debido a vivencias tan superficiales adoptamos conocimientos subjetivos y parciales al antropocentrismo, ambos víctimas potenciales del mayor causante de malentendidos a lo largo de la historia: confundir correlación por causa. A raíz del terrible "sentido común", creíamos erróneamente que el universo giraba a nuestro alrededor; la única forma de perseguir una verdad más objetiva fue la teorización y la experimentación exhaustivas. No hay razón para pensar que tenga que ser de otra forma en lo que concierne a la naturaleza humana.

Al observar las circunstancias actuales de la humanidad damos por hecho que se trata de una situación inamovible, un error que han cometido todas y cada una de las civilizaciones, engañándose al creer que serán la única generación en la historia que no va a evolucionar. Teniendo en cuenta el factor potencial del entorno a la hora de moldearnos, es absurdo ignorarlo por completo y recurrir a la respuesta más fácil: "Somos así por naturaleza" o su versión moderna de "Es genético".

En un mundo en que millones de personas mueren de hambre mientras el resto disfrutamos de una vida cómoda y literalmente una centésima parte de la población posee casi la mitad de las riquezas, no es de extrañar que hayamos concluido que nuestra naturaleza inamovible es la de la avaricia, el egocentrismo y las ansias de poder. Dejando de lado el fallo argumental obvio de que todos aquellos que lo afirman luego admiten conocer a muchos familiares y amigos que no cumplen dichas características supuestamente universales y al fin y al cabo solo lo aplican al hablar de una lejana "sociedad", el argumento erra también al asumir que las circunstancias actuales se deben a un fallo genético.

A decir verdad, toda la polémica acerca de si es nuestra naturaleza genética o la influencia social lo que más afecta a nuestra conducta, apodada "Naturaleza versus Entorno" o "Naturaleza versus Cultura", es un completo sinsentido basado en el supuesto de que dichos polos opuestos son las dos únicas opciones. No es tan difícil encontrarse con lo que la ciencia nos dice del comportamiento humano, en fuentes fabulosas como las obras de divulgación científica "Genome" y "Nature via Nurture" de Matt Ridley o el curso del Dr. Robert Sapolsky en la Universidad de Stanford disponible en la red. En cambio, sus lecturas y visionado llevan semanas -es por eso que en este ensayo está condensada toda esa información en un vocabulario casi libre de terminología técnica y por desgracia también de la metodología usada para llegar a tales conclusiones. La comprensión del método sí que requiere un estudio más profundo.

En esencia, la refutación puede resumirse en una sola frase: en su mayoría, la genética produce propensiones en la conducta, no causa comportamientos determinados. En lugar de aprender de la ciencia, la sabiduría popular dualista se ha limitado a adoptar la frase "Es genético" sin ninguna asimilación real ni conocimiento sobre lo que ello implica:

«El error no yace tanto en el dualismo, la noción de una mente separada de la materia cerebral. Existe una falacia mucho mayor que todos cometemos con tanta facilidad que ni siquiera nos damos cuenta. Damos por sentado instintivamente que la bioquímica corpórea es causa mientras el comportamiento es efecto, una suposición que hemos llevado a límites ridículos al considerar el impacto de los genes en nuestras vidas. Si los genes están involucrados en la conducta damos por hecho que son la causa y que son inmutables. Este error no lo cometen solo los deterministas genéticos sino también sus bulliciosos adversarios, aquellos que dicen que la conducta "no está en los genes" y aborrecen el fatalismo y la predestinación implícita de la genética de la conducta. Ceden demasiado terreno a sus adversarios al permitir que esta suposición persista, ya que admiten tácitamente que si los genes están involucrados en absoluto están en lo alto de la jerarquía. Olvidan que los genes necesitan activarse, y que sucesos externos o decisiones voluntarias pueden activarlos. No solo no yacemos a la merced de nuestros genes omnipotentes, sino que a menudo son los genes quienes yacen a nuestra merced» -Matt Ridley, Genome (1999)
Primero es importante comprender que el ADN no es un plano para construir a un ser vivo, aunque por desgracia suela simplificarse así. También ha de quedar claro que los genes evolucionaron según el entorno, el cual puede además afectar su expresión en el organismo a pesar de predisposiciones contrarias. Por ejemplo, este fenómeno puede observarse en que la mayoría aplastante de mujeres con cáncer de mama (el 93%) no tienen el gen publicitado en los medios como "el gen del cáncer de mama". Así ocurre con la mayoría de enfermedades y más aún con tendencias conductistas, como la violencia: no solo no existe un único "gen de la violencia" sino que tenerlo es absolutamente irrelevante en un entorno que no dispare dicha potencialidad. Igualmente, la hormona de la testosterona no causa agresividad, sino que la potencia si ya está presente.

A causa de la relación recíproca entre la influencia natural y la ambiental o social, no existe contraposición alguna. No existe la "Naturaleza versus Entorno" sino la "Naturaleza por vía del Entorno". Nuestras disposiciones naturales se crearon debido a una variedad de ambientes y siguen modificándose a día de hoy. En cambio, la evolución durante largos periodos de tiempo no es la cuestión en absoluto: la expresión de un gen depende en gran medida del entorno inmediato del organismo, desde el desarrollo embrionario hasta la vejez.

Es hora de volver para responder a la visión popular de la naturaleza humana: si es cierto que las predisposiciones genéticas no son tan deterministas como pensábamos, ¿cómo es que esta sociedad ha sido el resultado?

En la obra "The Spirit Level: Why Equality is Better for Everyone" de Richard Wilkinson y Kate Pickett se demuestra que el nivel de igualdad social influye directamente en las ocurrencias de ciertas enfermedades y conductas violentas. El estudio Whitehall mostró el mismo efecto: se estudió a 18.000 funcionarios y resultó que el estatus del trabajo predecía mejor la posibilidad de un ataque al corazón que la obesidad, la costumbre de fumar o la alta presión sanguínea. En conclusión, la suma de ciertas enfermedades y conductas negativas depende de la desigualdad económica entre los más pobres y los más ricos de una sociedad, y también entre las sociedades más pobres y las más ricas.

Esta clase de estudios explican el resultado de vivir en una civilización socialmente desigual, pero no su causa. De estudiar el proceso biológico que dio dicho resultado se han ocupado varios científicos, que han descubierto la relación entre la expresión de ciertas hormonas y el estatus social en individuos. Por ejemplo, las conclusiones del primer estudio de Whitehall se explican gracias a estudios biológicos llevados a cabo con monos. En todo primate incluyendo a nosotros, cuanto menor sea nuestro estatus menos control tenemos sobre nuestras vidas, elevando los niveles de una hormona esteroidea llamada cortisol que entre otras cosas incrementa el nivel de azúcar en la sangre, peligrando así ataques al corazón y en consecuencia alterando la tasa de mortalidad según el estatus social. Los niveles de cortisol no se elevan en respuesta a la cantidad del trabajo realizado sino al grado de opresión y sumisión, un efecto comprobado fácilmente: un grupo realiza una tarea sin imposiciones concretas mientras otro debe hacerlo de cierta manera y en cierto periodo de tiempo. En efecto, el segundo sufre de un crecimiento mayor en las hormonas de estrés y de una elevación de la presión sanguínea y el ritmo cardíaco.

¿Qué significa esto? La mayoría de tendencias humanas comunes provienen directamente de la clase de interacción social. Es crucial comprender que el problema no es la pobreza ni la sumisión, sino la desigualdad en sí, y es por eso que también afecta a los altos en la jerarquía: el egocentrismo y las ansias de poder no son más que un mecanismo de defensa de las clases superiores para permanecer en su estado. El ya mencionado Dr. Sapoksy observó con sus propios ojos que cuando desaparecen los miembros más dominantes de un clan de babuinos (en tal caso concreto porque los machos agresivos asaltaron un campamento y murieron de tuberculosis por la basura robada), la cultura de los supervivientes se pacifica y así persiste incluso con el nacimiento de nuevas generaciones y la intrusión de babuinos de otros clanes.

Uno de los conocimientos menos asimilados pero más vitales para la supervivencia de la humanidad es la esperanzadora noción de que somos capaces de cambiar tanto individualmente como en sociedad. Al margen de la relación exacta entre las influencias genéticas y las sociales, lo importante es que las características que normalmente atribuimos a la 'naturaleza humana' no son inmutables. Uno de los casos ejemplares es el estudio que realizó Hans Kummer en los años 70: al encontrarse a los babuinos hamadríades y de sabana, jerárquicos e igualitarios respectivamente, Kummer introdujo a un babuino hembra de sabana en una tribu hamadríade e hizo lo opuesto con una hembra hamadríade. Al contrario de lo que cabría esperar teniendo en cuenta los millones de años de memoria genética y toda una vida de formación que enseñaban cierto rol femenino a las hembras, tardaron solo una hora en ajustar sus rituales de apareamiento.

Nuestra sociedad es más compleja y también lo es el cerebro humano, pero tanto un análisis exhaustivo de la historia de la humanidad como de las nociones científicas modernas ponen en evidencia el sinsentido de hablar de "la naturaleza humana" y de la influencia social como si fueran inamovibles, como excusa para proclamar una incapacidad intrínseca a la hora de cambiar a una sociedad más pacífica e igualitaria. En las preciosas palabras del difunto astrofísico Carl Sagan:

«Los cambios fundamentales de la sociedad suelen calificarse de poco prácticos o contrarios a la naturaleza humana, como si la guerra fuera práctica o como si solo existiese una naturaleza humana. Pero está claro que pueden realizarse cambios fundamentales; estamos rodeados de ellos. [...] Recurrir como siempre se ha hecho al chovinismo racial, sexual y religioso y al rabioso fervor nacionalista empieza a no funcionar. Se está desarrollando una nueva conciencia que ve a la Tierra como un solo organismo y reconoce que un organismo en guerra consigo mismo está condenado. Somos un planeta».

(Leer el artículo original en “Ciudadanos del Mundo”

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Lun, 12/12/2011 - 04:13 | Es muy interesante, todos (Puntuación: 1)